LAS MEJORES LEYENDAS QUE TE DEJAMOS EN FOLCLORE CON ESTILO

 
NO SE ASUSTE PERO SON TODAS CIERTAS

Leyenda de la guitarra entrerriana

Una vez, hace mucho tiempo, en los campos entrerrianos, al borde de un monte, había una estancia, entre cuyo personal se contaba un matrimonio cuya única riqueza era una hija quinceañera, hermosa, simpática y reidera, llamada Melodía.

Sus padres, el peón y ella cocinera , sólo veían por los ojos de la niña que, buena y trabajadora, cuidaba del rancho donde moraban.

Melodía tenía un don que Tata Dios le había dado sin tasa ni medida; su voz maravillosa que, cuando la desplegaba en todo su esplendor, enajenaba espíritus y emborrachaba sentidos... por ende cantaba todo el día.

Sin embargo, ese don iba a ser causa de algo inesperado e imprevisible.

Uno de los hijos del dueño de la estancia, se había encaprichado con la niña y constantemente la requería de amores, pero ella no correspondía a sus cada vez más exigentes pedidos.

Caprichoso, empecinado, acostumbrado a hacer todo lo que quería y disgustado por la falta de correspondencia, amenazó a la muchacha con hacer echar a sus padres, cosa que la sumió en el miedo.

Aterrada, sólo atinó a pedir ayuda al viejo cura de la zona, que la aconsejó a que no hiciera caso de sus pretensiones e incluso lo amenazara con irse a internar en un convento de monjas, si insistía.

Así lo hizo, y el importuno pareció desistir de su capricho, con el consiguiente apaciguamiento de la chica, que volvió a su trabajo cotidiano y a su maravilloso canto que siguió extasiando a quienes lo escucharon.

Pero una tarde en que había ido al monte a buscar leña, se encontró de pronto con su pretendiente que le interceptó el paso y quiso tomarla entre sus brazos... tenía los ojos extraviados y sus labios convulsos... había bebido copiosamente.

Melodía cobró un miedo cerval y se lanzó a la carrera a través del monte para escapar de aquella amenaza, seguida de cerca por su enfebrecido enamorado que ya la tenía casi a su alcance.

En ese instante, le pareció oír una voz que le decía que fuera por la derecha y así lo hizo creyendo que sería su salvación, pero apenas había dado pocos pasos dio con un pozo que no había visto nunca, cayendo pesadamente en su interior, desvaneciéndose por el golpe. Al abrir los ojos, vio a su perseguidor que la miraba desde el borde y oyó su voz que le decía: -Si me haces caso, te saco.

Ella, comprendiendo su insano deseo, repuso: -No, no por nada del mundo.

Él siguiò insistiendo, recibiendo la misma respuesta, hasta que cansado de todo, contestó tajante: - Entonces quedate ahí abajo, guacha!- Y se fue.

La muchacha, angustiada, se echó a llorar silenciosamente, sin atender a que las horas pasaban y nadie se acercaba al lugar, y para peor, la noche ya se venía encima. Entonces, su angustia se volvió miedo y su miedo, terror, cuando se dio cuenta que nadie la sacaría del pozo, al que nunca había visto antes, y eso que se había criado cerca del monte.

Nadie, ni sus padres la habrían encontrado. Estaba sola, completamente sola.

De pronto creyó escuchar un extraño ruido que se parecía a un jadeo y que cada vez se le acercaba más. Se le hizo la idea que con solo estirar un brazo podría alcanzar al que lo hacía, pero no se animó.

Empavorecida, intentó gritar y su voz no le respondió, quiso ponerse de pie y fueron sus piernas las que no respondieron, quiso aferrarse a cualquier parte de la pared y sus manos se negaron a hacerlo, pero eso no era todo, porque en medio de su desesperación sintió que su cuerpo se endurecía y que un fuerte olor a madera fresca, la envolvía, que sus tendones, sin dolerle, se tensaban a lo largo de su cuerpo, que su cabeza se empequeñecía y su boca se redondeaba como para gritar la O del asombro y cambiaba de lugar. El olor a madera se hizo mas intenso y se sintió invadida por una pesadez que fue dando lugar a un sopor, su miedo se trocó en indiferencia, el jadeo desapareció y Melodía, libre ya de todo yugo terreno, se fue durmiendo en un sueño del que nada ni nadie la sacaría. Había muerto.

Pasó el tiempo y Melodía fue dada perdida por todos. Mas adelante, muertos sus afligidos padres, fue olvidada y el rancho destruido. Pero un día...

Dicen que de los milagros sólo se encarga Tata Dios... bueno, ese día señalado, pasó cerca del pozo un jinete joven, payador y trovador, conocido como Juan Cantor y venido a la zona nadie sabía de donde, pero que había conseguido trabajo y se aquerenció.

Solía frecuentar fiestas a las que alegraba con sus recitados, narraciones y canciones, con gran entusiasmo y regocijo de todos, especialmente de las jóvenes.

Pues bien, decíamos que pasó cerca del pozo y los cascos de su caballo, al tropezar con algunos cascotes, hicieron caer éstos al fondo, de donde oyó salir dulces notas no oídas antes por el muchacho. Con curiosidad, Juan Cantor se apeó y se arrimó a la boca del pozo para averiguar de donde habían salido sonidos tan lindos. Forzó la vista y alcanzó a entrever "algo" como acostado en el fondo. Ver y querer averiguarlo de cerca fue todo uno. Tomó entonces su lazo y no sin sostenidos esfuerzos e intentos, consiguió asirlo por el cuello, lo izó con cuidado y lo sostuvo frente a sus ojos. Era como un no sabía que. De cuello largo, con cuerpo casi femenino, con unos finos hilos tendidos a lo largo del cuello y del cuerpo. Un agujero en el medio del cuerpo completaba su formación. Y los hilos finos fueron los que más lo tentaron y lo hicieron tomar una resolución, lo llevaría a su casa.

En un instante, con su hallazgo bajo el brazo, galopaba en dirección a su ranchada. Apenas llegado, lo revisó con cuidado y por ahí rozó con sus dedos esos largos y finos hilos, obteniendo como respuesta la aparición del sonido dulce de la primera vez.

Entonces se dedicó a estudiarlo parte por parte y luego de ello, lo envolvió en una sábana y lo colgó de un clavo en la pared hasta que tuviera mas tiempo para revisarlo.

Así pasó muchos días, alternando, por así decirlo, en forma directa con su hallazgo impensado, pero cuidándose muchísimo de comentar con los demás de su existencia. De pronto se sintió feliz, muy feliz, con su secreto. Cada vez le interesaba más.

A diario lo descolgaba, lo desenvolvía y lo acariciaba con sus largos y afilados dedos, especialmente sobre sus finos hilos que llamó cuerdas, sin saber por qué.

Y así fue como comenzó a comprender todo lo que se refería a su hallazgo.

Empezó a tocar música como él la cantaba, siguió con acompañamientos sencillos y poco a poco a ponerse con todo, a utilizar su "algo" con todo lo que podía poner de él mismo. Como resultado obtuvo el de aprender a ejecutar la música que él quisiera. Y se largó a la calle... una vez apareció en una fiesta ante la mirada extrañada de la concurrencia, que no conocía el instrumento de Juan Cantor. Pronto le pidieron que cantara algo, y sin hacerse rogar, pues tenía interés en que conocieran lo que su hallazgo sabía hacer, ejecutó una y otra vez varias canciones que tenía aprendidas y otras de su propia invención, con el consiguiente entusiasmo de todos los circunstantes, especialmente de las damiselas que veían en él al hombre de sus sueños.

Pasando el tiempo, hombre e instrumento fueron una sola cosa y ya por el pago se hablaba de Juan Cantor y su instrumento melódico, cosa que él oyó..

Juan Cantor pensó que ya podía ponerle un buen nombre a su hallazgo, y como la denominación de la gente le agradaba,, y como los milagros son obra de Tata Dios, le puso nomás "Melodía" a su compañera de andanzas.

Desde entonces anduvieron siempre juntos, él sobre su caballo y Melodía a sus espaldas. Eran todos una sola estampa.

Por eso, cuando había algún motivo en el campo alegre, triste o trágico, Juan Cantor, a lomo de corcel y con Melodía a sus espaldas, aparecían para darle le marco mejor, como decía el paisanaje. Y así fue para siempre, bueno, para siempre no, ya que se cuenta que Juan Cantor se prendó de una gurisa y hubo boda. Eso pasa siempre en muchos humanos. Y aquí se pierde la huella de Juan Cantor y Melodía.

¿Qué pasó entonces?

Sólo Tata Dios lo puede explicar, aunque nosotros podemos decir algo así: Melodía se había muerto, pero ya era inmortal, pues por aquello de los milagros, Tata Dios, al verla sufrir, la había resucitado en guitarra...por más que ese nombre se lo pusimos nosotros, pero ¿Quién de nosotros? Nunca lo sabremos... No importa, lo que sí vale es que la guitarra está viva y sólo falta que unas manos hábiles y acariciadoras como las de un Juan Cantor pulsen sus cuerdas, para que la maravillosa voz de Melodía retorne junto a nosotros para extasiarnos y emborrachar nuestros sentidos.

Dicen que la guitarra entrerriana nació así, en un profundo pozo a la vera de un monte y encontrada por Juan Cantor, mozo dicharachero, payador y trovador, que la supo hacer cantar como nadie.

Alcides Juan Jacinto Desio (El Alcidito)

 

Aparecidos

"E l viernes santo, si es noche de luna llena y desplegás una sábana blanca bajo una higuera que se halle alejada de alguna casa, te sentás sobre ella y esperás la medianoche sin tener miedo, seguro que vas a obtener los favores que se te ocurran".

Estas cosas, oídas de boca de nuestros abuelos, quedaron grabadas en nuestras mentes infantiles, en mezcla de temor y descreimiento, pero donde lo primero fue siempre más fuerte.

Cuántas noches de la infancia cruzamos apuestas que nunca fuimos capaces de cumplir, ante el temor ancestral de lo desconocido, al tener que cruzar por un terreno baldío donde nos acechaban desde las sombras "los aparecidos".

Luego, el paso del tiempo y nuestro desarrollo cultural, nos fueron haciendo comprender lo absurdo de aquel temor.

Después, al abocarnos a estudiar los distintos aspectos folclóricos de la patria Grande, encontramos nuevamente el tema de la superstición bajo otra denominación. "La Salamanca".

Dice la creencia popular, que en los montes del noroeste argentino, se escucha en las noches una música cautivante, jamás antes oída...

Si algún viajero llega a oír, ya no podrá escapar de su fascinación y será atrapado y conducido por ella al interior de una profunda cueva, donde moran las alimañas (adoradoras de "mandinga"), junto a un aquellarse de brujas y demonios menores, que tratarán por todos los medios, de quebrar el valor del visitante obligado. Si éste resiste la prueba a la que es sometido, será premiado con los máximos dones a que su ambición pudiera aspirar. Entonces, si es enamorado sin esperanzas, Satán revertirá la situación, permitiéndole lograr los favores de su bienamada; lo mismo ocurrirá si es músico o le gusta el juego.

He aquí un emparentamiento de creencias en dos lugares tan distintos y alejados uno del otro en la época en que nacieron dichos mitos.

Lo mismo ocurre con otras supersticiones esparcidas a lo largo y ancho de nuestra Patria, ligadas por mil similitudes que las hacen comunes, aunque estén separadas geográfica y etnográficamente una de otra.

Hoy sabemos a ciencia cierta, que la "luz mala" es producto de la fosforescencia de restos óseos en exposición a diversos factores climáticos, pero en el fondo de nuestro subconsciente , sigue latiendo aquel temor que nos acompañó en esas noches y que quedó, como decíamos mas arriba, grabado en forma indeleble en nuestra mentalidad infantil.

Y como decía aquel viejo criollo: "yo no creo en brujerías, pero que las hay, las hay..."

Pero tengamos muy en cuenta que todo ésto hace a lo que, en modo muy especial, conforma la memoria de los Pueblos.

 

Alcibiades Larrosa

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La Leyenda del Ñandú

Hace muchos, muchísimos años, habitaba en tierras mendocinas una gran tribu de indígenas muy buenos, hospitalarios y trabajadores.

Ellos vivían en paz, pero un buen día se enteraron que del otro lado de la cordillera y desde el norte de la región se acercaban aborígenes feroces, guerreros, muy malos.
Pronto, los invasores rodearon la tribu de los indios buenos, quienes decidieron pedir ayuda a un pueblo amigo que vivía en el este.

Pero para llevar la noticia, era necesario pasar a través del cerco de los invasores, y ninguno se animaba a hacerlo.

Por fin, un muchacho como de veinte años, fuerte y ágil, que se había casado con una joven de su tribu no hacía más de un mes, se presentó ante su jefe, resuelto a todo, se ofreció a intentar la aventura, y después de recibir una cariñosa despedida de toda la tribu, muy de madrugada, partió en compañía de su esposa.
Marchando con el incansable trotecito indígena, marido y mujer no encontraron sino hasta el segundo día, las avanzadas enemigas.

Sin separarse ni por un momento y confiados en sus ágiles piernas, corrían, saltaban, evitaban los lazos y boleadoras que los invasores les lanzaban.
Perseguidos cada vez de más cerca por los feroces guerreros, siguieron corriendo siempre, aunque muy cansados, hacia el naciente.

Y cuando parecía que ya iban a ser atrapados, comenzaron a sentirse más livianos; de pronto se transformaban.

Las piernas se hacían más delgadas, los brazos se convertían en alas, el cuerpo se les cubría de plumas. Los rasgos humanos de los dos jóvenes desaparecieron, para dar lugar a las esbeltas formas de dos aves de gran tamaño: quedaron convertidos en lo que, con el tiempo. se llamó ñandú.

A toda velocidad, dejando muy atrás a sus perseguidores, llegaron a la tribu de sus amigos.

Éstos, alertados, tomaron sus armas y se pusieron en marcha rápidamente.
Sorprendieron a los invasores por delante y por detrás. y los derrotaron, obligándolos a regresar a sus tierras.

Y así cuenta la leyenda que fue como apareció el ñandú sobre la Tierra.

 

 

El chajá y su leyenda

Cuentan que Dios y San Pedro, hace mucho tiempo atrás,

Recorrían Entre Ríos y la costa litoral.

Se arrimaron a un arroyo de un solitario lugar donde encuentran dos muchachas lavando bajo el sauzal.

La bondad de aquellas almas quiso Jesús conocer y en nombre de Dios les pide que les dieran de beber.

Las muchachas insensibles a los ruegos del Señor, les ofrecen con desprecio agua sucia con jabón.

Jesús advierte el engaño y las convierte en chajá, mientras las mozas se alejan diciendo: "chajá, chajá".

Y se alejan en el vuelo transformadas en chajá, desde entonces se oye el grito en la costa litoral.

Es por eso que de entonces vive aun la maldición, es la carne pura espuma como el agua de jabón.

 

Mario Temporetti

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La leyenda del café

Por el año seiscientos vivió en Etiopía un pastor llamado Kaldi. Cierto día que cuidaba su rebaño de cabras notó que los animales desarrollaban una conducta extraña. Nerviosamente iban y venían, subían y bajaban, en un estado de agitación que se prolongó todo el camino de regreso y persistió durante una noche, que se volvió interminable. Sólo a la mañana siguiente el rebaño pareció calmarse y fue así como siguió con mansedumbre al amodorrado pastor hasta las zonas de pastura.Hasta que unas cerezas tentadoras detuvieron su paso, y luego de mordisquearlas, las cabras retomaron su conducta nerviosa del día anterior. Kaldi observó las plantas que aparentemente habían causado el cambio en su rebaño y probó con cautela una hojita y un fruto. Lo primero que percibió fue que no se trataba de un arbusto de cerezas, y que el sabor no era tan agradable como el que esperaba. Pero también sintió que el cansancio producido por la larga noche de insomnio se había desvanecido y era reemplazado por una energía que lo impulsaba a la acción.Kaldi tomó consigo unas ramas florecidas y encabezó la marcha hacia un monasterio que se encontraba a pocos kilómetros. A paso vivo lo seguía su rebaño. Al llegar a la casa religiosa, el pastor fue introducido a presencia del Abad, mientras sus animales quedaban al cuidado de unos desorientados monjes.

Informado del descubrimiento, el Abad llevó a Kaldi a la cocina, y prudentemente hirvió una rama con algunos frutos rojos. Pero cuando probó el gusto de ambos, le pareció tan desagradable que en un impulso arrojó el atado entero sobre el fuego. La cocina se vio invadida de un aroma delicioso que indujo al Abad a hacer una nueva prueba. Tomó el fruto tostado y preparó una infusión que, con su perfume cálido atrajo a un grupo de monjes a la cocina. Así nació el café, de Etiopía al mundo; probado por unas cabras, descubierto por un pastor, tostado por un Abad, celebrado por unos monjes, que nunca pudieron imaginar que ese enérgico sabor se seguiría prolongando durante siglos.

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Lázaro Blanco

Cuenta la tradición popular entrerriana que, unos cien años atrás, un vecino de la actual ciudad de Feliciano, de nombre Lázaro Blanco, en calidad de chasque (correo a caballo), debía viajar hasta La Paz. Los casi 100 kilómetros de distancia los debía hacer bajo una copiosa lluvia y una tormenta eléctrica que se había desatado.En dichas condiciones climáticas, Lázaro Blanco sale a cumplir con su trabajo, cayendo fulminado por un rayo a una tres leguas de Feliciano, al borde de un arroyo y bajo un viejo algarrobo que aun se conserva. Lugar en que se lo entierra, construyéndosele una cruz de palo.Con el paso del tiempo, y en ocasión de una gran sequía que azotaba a toda la zona, un poblador del pago- Ciriaco Benítez- tiene un extraño sueño: en él se le aparecía el chasque felicianero pidiéndole que trasladara sus restos a campo santo (que lo enterraran en "bendito");y si así lo hiciera, se iba a ver beneficiado, como todo el pueblo, con una lluvia benefactora para la cosecha y el ganado.Cumpliendo Ciriaco con el pedido, vino la lluvia y con ella el agradecimiento. Hecho que determina el comienzo de la leyenda: "Lázaro Blanco, Santo Milagrero".

Creencia que aun en nuestros días concita muchas adhesiones. Las mismas se manifiestan en la enorme cantidad de ofrendas que adornan el monumento fúnebre que se levanta en el cementerio de San José de Feliciano, y en el paraje en donde falleciera Lázaro Blanco. Quien, según la leyenda, sigue ayudando a los necesitados, los que con fe le piden y luego, agradecidos, lo visitan con velas, flores, placas, cantos, bailes, fiestas, etc.

Extraído de "Sobre mitos, leyendas y hacheros"

Abril 1991, Entre Ríos Argentina